En el marco del Día Mundial del Accidente Cerebrovascular (ACV), que se celebra este 29 de octubre, vale mencionar que dos de cada cinco personas en América sufren afecciones neurológicas.
Los cuadros cerebrovasculares afectan a una proporción preocupante de la población. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la World Stroke Organization (WSO), una de cada cuatro personas mayores de 25 años sufrirá un ACV a lo largo de su vida, con más de 12 millones de casos nuevos al año.
A nivel local, la Sociedad Neurológica Argentina (SNA) estima que en el país se producen unos 50.000 casos de ACV anuales, que dejan a uno de cada tres pacientes con algún grado de discapacidad.
Este año, la fecha se conmemora bajo el lema “Cada minuto cuenta”, acompañado por el llamado a la acción Actuar Rápido (ActFAST) y, en el marco de la coalición global de incidencia, por la consigna “El momento es ahora”.
Quizás sea un buen momento para recordar que el uso de F.A.S.T. no solo alude a la rapidez, sino que corresponde a un acrónimo en inglés:
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• F (Face/Cara): permite identificar debilidad o caída de un lado de la cara al sonreír.
• A (Arms/Brazos): refiere a la incapacidad para mantener ambos brazos levantados de manera uniforme.
• S (Speech/Habla): advierte sobre dificultades para hablar, arrastrar las palabras o comprender el lenguaje.
• T (Time/Tiempo): indica la necesidad de llamar de inmediato a los servicios de emergencia, como el 107 en Argentina, ante cualquiera de estos signos.
En países de habla hispana se utilizan los acrónimos Ha.Bra.So y H.É.R.O.E.
• Ha.Bra.So resume los tres signos clínicos principales: dificultad en el habla, debilidad en los brazos y asimetría en la sonrisa.
• H.É.R.O.E. indica alteraciones repentinas en el habla, las extremidades, el rostro o un ojo, y la necesidad de llamar de inmediato a una emergencia.
También, en estas campañas de concientización, se utiliza la regla de las cinco C, por síntomas que comienzan con esa letra:
- Cuerpo: sentir de forma repentina un lado del cuerpo débil, dormido o paralizado, lo que puede afectar la mitad de la cara, un brazo o una pierna.
- Confusión: presentar problemas bruscos para pensar, hablar, encontrar las palabras adecuadas o entender lo que otros dicen.
- Ceguera: sufrir una pérdida repentina de visión en uno o ambos ojos o experimentar visión doble.
- Caminata: tener una alteración brusca del equilibrio al intentar caminar, acompañada de mareos o pérdida de coordinación.
- Cabeza: padecer un dolor de cabeza severo, explosivo y repentino, sin antecedentes de un dolor similar ni causa aparente.
Estos recursos mnemotécnicos buscan ofrecer una especie de atajo o heurística que permita automatizar y agilizar el reconocimiento de los síntomas, para contactar de inmediato al sistema de salud local.
Gestionar el estrés para prevenir el ACV
En sociedades de todo el mundo, donde el estrés y el cansancio son crónicos, hemos aceptado, de alguna manera, que estos síntomas forman parte de la vida cotidiana. Así, del mismo modo en que normalizamos el dolor o “apretamos aún más los dientes”, no escuchamos al síntoma como lo que es: una alerta que invita a detenerse y observarlo.
Hemos aprendido a funcionar “empastillados”, anulando síntomas como el dolor de cabeza o el cansancio crónico para poder seguir rindiendo en la era de la sobreexigencia. Frente a esto, el cerebro ya muestra signos clínicos ante el ritmo moderno.
Según un informe reciente de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), dos de cada cinco personas en nuestra región viven con algún tipo de afección neurológica. Lejos de ser un problema exclusivo de la tercera edad, el dato más alarmante del reporte es que la migraña y la cefalea tensional concentran el mayor número de afectados.
Como hemos visto anteriormente en Infobae, el burnout y la hipervigilancia propia de la vida hiperconectada se acumulan. Luego, no responden de manera inmediata o eficiente, como si se pudiera cerrar una canilla o una puerta, sino como un dique que, una vez desbordado, genera una inundación que requiere tratamiento durante largo tiempo.
El estrés crónico mantiene al sistema nervioso autónomo en un estado de alerta, de lucha o huida, con consecuencias concretas. Entre ellas, el incremento de la presión arterial, cuyas secuelas pueden derivar, en un fenómeno en cascada, en un cuadro vascular que afecta partes sensibles como el miocardio o el sistema nervioso.
Quizás sea bueno recordar que, aunque representa apenas el 2% de nuestro peso, el encéfalo recibe, en reposo, el 20% de los recursos metabólicos y del flujo sanguíneo del cuerpo. A su vez, este fenómeno, que puede llevar al consumo de medicamentos para sostenerse en modo de supervivencia, se acompaña de un cuadro inflamatorio crónico que refuerza el deterioro.
Así, las cefaleas dejan de ser un simple “mal día”, combatido con analgésicos, para convertirse en el preámbulo de cuadros más severos. Este es solo uno de los ejemplos que muestran el riesgo de concebir al síntoma como un “combate” o un obstáculo que se debe silenciar, en lugar de utilizar el malestar como una guía hacia el bienestar.
Estrés, cansancio y automedicación: cuándo un síntoma no debe normalizarse
Un aspecto significativo del ACV en los últimos años es la amenaza que representa para adultos cada vez más jóvenes. La tendencia es creciente: en las últimas dos décadas, la incidencia de ACV en adultos de entre 20 y 54 años aumentó entre un 10% y un 15%, al punto de que hoy casi el 15% de los casos ocurre en menores de 50 años.
La combinación de hipertensión, muchas veces no diagnosticada por la falta de chequeos en estas poblaciones; la automedicación constante; el sedentarismo y la privación del sueño forma un cóctel tóxico. Diversos factores, presentes en varias regiones del mundo, afectan en particular a los jóvenes y los convierten en una franja poblacional cada vez más frágil.
El incremento de las patologías mentales es otra de las facetas de este mismo conjunto. Allí se observan sus impactos en el organismo, incluido el cerebro, que no está diseñado para soportar, por citar solo un aspecto, el ritmo de fragmentación atencional crónica al que lo sometemos.
El desafío actual de la salud mental y neurológica no es solo diagnosticar la enfermedad cuando ya ocurrió el daño estructural, sino detener la maquinaria antes de que colapse.
Reconectar con pausas biológicas reales no es un consejo de autoayuda: es una prescripción médica urgente para preservar nuestra integridad neurológica.
Prestar atención a los síntomas, frenar a tiempo, ocuparse de uno mismo y buscar ayuda puede prevenir la urgencia de mañana: un ACV.
